Leo en la prensa que la Academia mantendrá la acepción de ‘débil’ para el adjetivo ‘femenino’. Parpadeo dos veces y vuelvo a leer. Me quedo estupefacto, pasmado o muerto, que dicen algunos. Dejo todo lo que estoy haciendo ipso facto y vuelo a por el DRAE. ¡Efectivamente! En la sexta definición del calificativo me encuentro con ‘Débil, endeble’. ¿Es esto posible? Prometo que ni en un millón de años se me podría haber ocurrido tamaña estupidez.
Sin entrar en cómo llegó esa inclusión ahí, ni desde cuándo lleva, me planteo: ‘femenino’ no es -no sé- ‘alcancía’, ‘lenocinio’, ‘miasma’ o ‘uxoricidio’. No, por supuesto, aunque esto último está muy relacionado. Es una palabra de uso tan común como la sal en las comidas. Entonces, ¿a ninguno de los 37 incontestables hombres ni ninguna de las 5 'débiles' que desde el trono de Cervantes gobiernan lo que hablamos 420 millones de personas se les ha ocurrido pensar en la tremenda irresponsabilidad de ello?
Se suele oír que las mujeres son más emotivas que los hombres, como se escucha también que los gais tienen más sensibilidad o sentido estético y que los negros llevan el ritmo en el cuerpo... Pero personalmente nunca hubiese esperado que lo femenino fuese ‘endeble’. Y mucho menos que no haya una horda de rudas feministas acampadas sempiternamente en el número 4 de la castiza calle Felipe IV, bramando por la injusticia.
Llegará un nuevo ‘Día de la mujer’ con sus consabidas estadísticas plagadas de discriminaciones laborales y domésticas en el mundo ‘débil’ y todas esas monsergas de la paridad -un anacronismo según dicen algunos-. Pondremos mañana el televisor y volveremos a ver horrorizados más explotación sexual ‘débil’ y más actos de violencia de género ‘débil’, casi siempre. Luego habrá quien diga que lo que hay aquí es un problema de educación. Apagas el aparato y te sumerges en los libros, o quizás ahora ya no.
Me estoy acordando de la aguerrida Laurencia pidiendo las armas para cobrar la justicia que sus hombres le negaban. «La honra de estos tiranos, la sangre de estos traidores», decía. ¡Que fuerza la suya! Que determinación para ser una mujer proyectada en la Fuenteovejuna del siglo XVII. Señores, si ese es el ejemplo, ¿para qué ceñirnos estoques? Pongámonos “ruecas en la cinta” y... ¡Hombre el último!


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