No se me ocurre un sitio mejor que este para hablar de la palabra. Qué poderosa redundancia, ¿verdad? Se puede comparar la palabra en relación a la disposición de la persona, con el poder que ejercen los medicamentos a la situación física o la religión estado del alma. Puede producir tristeza o placer, infundir coraje o angustia, despertar amor e incluso, mediante una perversa persuasión, mantenerte en el cargo a un presidente ‘bolero’.
¿Recuerdan aquella ‘relación inapropiada’? Quizás no. Hace mucho tiempo y precisamente porque nos es imposible recordar todo el pasado, conocer plenamente el presente o predecir el futuro, inconscientemente tendemos a tomar la palabra como aliada. A veces sin tener en cuenta que ella es una altiva gobernanta que, con un cuerpo invisible, puede realizar gestas espectaculares en el transcurso de la historia.
Advierto que me estoy aprovechando de ella para llevarles a mi terreno. Las cartas sobre la mesa que no pretendo privarles de su juicio. En este caso lo peor es abuso ya que la fuerza de su sugestión se adueña inconscientemente de la opinión, la domina y la transforma por fascinación -en el mejor de los casos-. En ese punto estamos arrojándonos sin remedio a una destrucción asegurada.
Esa teoría de la conspiración, que periódicamente plantea incógnitas sobre la versión oficial, descansa indudablemente sobre esta idea. El grueso de la humanidad condenada a ser privada de una verdad oculta bajo la palabra de una reducida élite. A un paso, dado o no, de considerar que los discrepantes somos ‘inviables’ desde la perspectiva de la voz única.
Llegados a este lugar cabe hacerse la pregunta de Pilatos: «¿Qué es la verdad?». Y sin esperar respuesta, una vez dicho esto, ponerse frente a la multitud de la red y proclamar: «Yo no hallo en ella ningún delito».
Lo que en la voz de la eterna Mina sería algo así como: «Parole soltanto parole, parole tra noi. Ecco il mio destino, parlarti, parlarti come la prima volta».


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